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Permanencia voluntaria


Hipérbole incesante

Por Alejandro Paniagua

Antes de que existieran Cinemex y Cinépolis, ir al cine en México era una experiencia más visceral, más tosca y burda, más grosera, pues. Pero también era algo que implicaba un alto nivel de libertad y, en cierta medida, ofrecía un mayor nivel de diversión, desahogo y de catarsis plena. Hoy en día, para ver un estreno durante el fin de semana hay que comprar los boletos por internet con bastante antelación, pagar una membresía especial o recurrir a la preventa con el fin de asegurar un lugar.

Cuando yo era niño e iba al cine con mi familia, nada de esto era necesario. Por lo general siempre llegábamos tarde, mi papá nos decía a mi hermano y a mí que no nos preocupáramos, que nos podíamos quedar a la siguiente función para ver los veinte minutos perdidos. Al parecer, ni siquiera la secuencia temporal del cine nos preocupaba un carajo. La permanencia voluntaria implicaba poder echarte todas las funciones del día, de una misma película, pagando sólo un boleto. Además, las proyecciones eran corridas, una tras otra. Las salas se limpiaban hasta que cerraban, ello ocasionaba que los cines siempre fueran un asco. Sin embargo, eso era también parte de la experiencia: caminar por los pasillos y que los pies se te pegaran en el piso debido a las enormes manchas secas de bebidas, alimentos o hasta vómito.

Otro aspecto que se perdió con la aparición de las grandes cadenas tiene que ver justo con los alimentos en las salas. Antes, las tiendas de los cines, si es que tenían una, sólo vendían cinco o seis productos (copas de helado, gomitas, pasas con chocolate, refrescos y palomitas, no más). Lo maravilloso del asunto es que te permitían llevar tu propia comida, todo lo que quisieras. Era como un día de campo. Mi familia aprovechaba al máximo esta consigna. Por lo general, mi abuela llevaba en una bolsa todos los ingredientes y durante la función preparaba tortas. Las hacía con todo: frijoles, jamón, queso de puerco, mayonesa, jitomate, cebolla etc. Hasta les quitaba el migajón a los bolillos. Cada torta la preparaba en su butaca, allí sentadita cortaba el aguacate, untaba los aderezos e iba preguntando a cada uno cómo quería la suya. No había pudor ni límites en este sentido.

La sala entera olía a embutidos y frijoles charros o refritos y nadie se quejaba. Hasta les preguntábamos a los de junto si no querían un lonche. La lista de lo que llegamos a comer en el cine es realmente estrafalaria: huevos cocidos, hotcakes y wafles (fríos pero muy sabrosos) con mermelada y miel de maple, cueritos con sal y limón, esquites, frutilupis con leche, conchas y orejas, malvaviscos, mejillones, cocteles de camarón y pulpo, tacos de canasta y hasta fondue (también frío y en bolillo, pero fondue al fin y al cabo).

Afuera de los cines siempre había personas que vendían artículos piratas, hechos a mano, alusivos a las películas más populares. Cuando fui a ver Karate Kid me compraron una cinta para la cabeza igual a la de Daniel San. Dentro del cine se podía ver a decenas de niños dando karatazos y haciendo los ejercicios que el Señor Miyagi le ponía a su alumno. Un niño muy aventado incluso se subió a una butaca e hizo la gruya, por supuesto se cayó y se metió un buen madrazo. Para el estreno de una de las secuelas de Supermán me compraron una capa roja con el logo del héroe. Como mi tío siempre ha sido calvo, mi hermano y yo decíamos que era Lex Luthor y pasábamos, dizque volando, por las butacas detrás de él y le dábamos unos buenos zapes. Hacia el final de la película nos empezamos a aventar cuadritos de gelatina de limón porque decíamos que eran kriptonita.

Otras ventajas increíbles de ir al cine en aquella época eran la interactividad y la libertad de hacer ruido. Los niños les gritábamos a los personajes de la pantalla todo lo que se nos ocurría. Cuando vi Los Cazafantasmas, me la pasé diciéndole a los protagonistas que voltearan, que el fantasma estaba detrás de ellos, que se cuidaran, que no se dejaran de los méndigos espectros. Además, todos los escuincles hacíamos los ruidos de los rayos de protones cada vez que éstos aparecían, generando así un coro magnífico y multitudinario de efectos especiales. De hecho, recuerdo que mi familia era una de las más ruidosas: mi mamá se la pasaba llorando en cualquier cinta, mi abuela rezaba una letanía de plegarias, mi hermano y yo en el desmadre y mi papá roncaba durante toda la función.

Pero la mera verdad, por sobre todas las demás cosas, extraño la libertad de aplaudir, al final de la película, sin sentirme un naco o apenarme por el juicio de las personas alrededor. Y no es que ahora no lo haga (tampoco puedo traicionar de forma tan vil mis impulsos corrientes), pero antes, la sala entera impactaba sus palmas junto conmigo y aquel era el momento más épico de toda la experiencia.


Fotografía de Jake Hills / Unsplash.com

Incendio: después de todo, no fue para tanto


Buscando a Wakefield

Por Cecilia Magaña

Hoy hubo un incendio en un bar de Chapultepec. Las cintas amarillas, el humo y los aspavientos de los bomberos prometían un drama que estaba dispuesta a ver desde el camellón, hasta que las autoridades nos evacuaron.

La terraza del Fondo de Cultura Económica estaba disponible para observarlo todo, pero las llamas que se prometían espectaculares, jamás se dieron. La expectación se fue apagando aunque aún se escuchaban las sirenas. Necesitaba hacer una llamada y decidí entrar a la librería. Cuando colgué lo vi de espaldas, mirando las novedades. Reconocí su cuello y la forma en que el lóbulo de su oreja se doblaba hacia afuera. A pesar de que ya alguna vez me lo había encontrado cruzando la calle y fingimos no reconocernos, tuve miedo de que volteara y no hubiera más remedio que decirle “hola, soy yo, ¿cómo has estado?”

¿Qué tiene?, dijo unos minutos después Javier. ¿Por qué no se saludan y ya? Lo cierto es que, una media hora después, cuando ya lo había perdido de vista y la gente volvía a caminar por la banqueta donde antes reinaba el humo, pensé que siempre exagero, me invento historias.

Me cuento anécdotas de accidentes al bajar las escaleras, de atropellamientos al cruzar la calle, de venganza cuando alguien me agrede y yo tardo demasiado en decir alguna cosa. Para terminar aquella relación me había contado nuestra historia como una película digna de Polanski. Supongo que todos lo hacemos y la ficción sólo alcanza a separarse de la realidad con el tiempo y la distancia. Quizás Javier tenía razón y la historia del reencuentro que siempre me he contado, llena de reclamos y miradas doloridas, ni a humo hubiera llegado. Todas mis cintas amarillas, mis alarmas y protocolos de emergencia, eran pura expectativa, completamente innecesarios.

Los bomberos, ya sin máscaras ni cascos, platican de pie en la banqueta y yo escribo esto  a manera de disculpa por la cobardía de siempre, por las viejas culpas y mis aires de víctima. Estoy segura de que nos despedimos apenas a tiempo para hacer una mejor vida, cada uno por su lado. También estoy segura de que así como yo lo convertí en un monstruo de novela, le di a él material para escribir poemas a una perra infernal. Así que, literariamente, quedamos a mano.

Miro a la gente que sale por la puerta de cristal y me hago al ánimo de saludarlo. Javier se levanta de la mesa como si todo fuera una coreografía en la que él también, como parte de esta historia, sigue participando. Unos minutos después, ya muy convencida, veo la figura robusta y de boina salir. Camina frente a mí y se detiene a unos metros. Evalúa, curioso, el camión de bomberos al otro lado de la calle y yo lo miro el tiempo suficiente para comprobar que no se trata de él.

La gente ya puede caminar por la banqueta, los empleados de los locales cercanos vuelven a sus puestos y sólo los dueños del bar se lamentan y hablan con los de rescate urbano. Las luces rojas se alejan, atestiguando que sí pasó algo pero, después de todo, no fue para tanto.

Supongo que si de algo ha servido tanta alarma ha sido para aceptar que siete años deberían ser suficientes para perdonarnos, para atreverme a decirte hola cuando algún día de verdad volvamos a encontrarnos.

De la música… | Los telebrejos II


De la música y sus asuntos

Por LUIS MARTÍN ULLOA

Y sí, la música se puede disfrutar de diferentes maneras. En un concierto, por ejemplo, en algún teatro con excelente acústica, o al aire libre. En una fiesta, donde se puede bailar o hasta cantar en coro. Para mí, se goza mucho más cuando se convierte en un acto íntimo. Y para esto, los gadgets han colaborado muchísimo, por supuesto. Recuerdo que antes de adquirir alguno, me daba mucha envidia ver a mis compañeros de viaje (en autobús o avión), que se colocaban muy orondos los audífonos para enfrascarse en un mundo, en un espacio donde sólo estaban ellos. Nada les hacía que el periplo por delante se extendiera por dos o siete horas. El aburrimiento estaba cancelado si podías acompañarte de tus cantantes y canciones.

La verdad fue que, aún con toda esa envidia, pude acceder al excelso mundo de los que podían oír música en cualquier lado ya un poco tarde. El primero que pude comprar fue, claro, un walkman (aún me da penita cuando recreo una imagen: yo, yendo a todas partes con el armastrote —aquellos primeros modelos no eran precisamente ligeros— sujetado en el cinturón por el clip que tenía en la parte trasera). Y de todos los aparatejos que aún conservo, éste es quizás el que más evocaciones entrañables me trae.

Por ejemplo, aquel viaje en carretera de CDMX a Acapulco. Estaba en un “receso”, en un “lapso de tiempo para pensar” de una relación más o menos tormentosa, así que me proveí de una bolsa repleta de casetes con las canciones más sentidas, para sufrir a gusto en el trayecto. Apenas salió el autobús de la Central coloqué el primero, que contenía las primeras canciones de Alejandro Fernández. El recuerdo es prístino: la canción “Intenta vivir sin mí” fue casi una declaración de principios entonces. Así que me dispuse incluso hasta a soltar una lagrimita así muy discreta, porque tampoco era el caso que todos los pasajeros se enteraran de las penas que me acongojaban. Ni siquiera me importó un niño que viajaba al lado mío (cuyos padres iban en los asientos al otro lado), que me miró horrible todo el tiempo, seguramente porque él quería ir en el lugar de la ventanilla. Pero ni modo, ése era el mío, y además la autoconmiseración funciona mejor viendo el paisaje que volteando hacia el pasillo.

Aaah, pero el destino es bien traicionero, y mi sufrimiento se vería interrumpido de golpe a causa de un error imperdonable: olvidé llevar suficientes baterías, para cambiarlas si se agotaban. Así que ni siquiera habíamos recorrido la mitad del camino, cuando debí suspender recuerdos, lágrimas, música, y me dormí.

Recuerdos de juventud y rock and roll

#LecturasExtremas #Editorial #ParaísoPerdido

 

Este viernes 4 de noviembre de 2016, a las 20:30 horas, en Impronta, presentamos el segundo título de la colección Logófago de nuestro sello editorial: Recuerdos de juventud y rock and roll de Alva Lai Shin Castellón.

En palabras de la doctora Patricia Torres San Martín, “Mediante los testimonios de […] mujeres tapatías se reactivan situaciones y subjetividades de la vida pasada y presente, pero también de la vida social y cultural de la Guadalajara de los años sesenta, y queda expuesta la manera en que el relato cinematográfico se fusiona con los recuerdos y la memoria”.

“La autora elabora una visión multidisciplinaria para analizar el proceso de recepción empírica del cine mexicano de los años sesenta y las identidades juveniles de Guadalajara, con un grupo de mujeres tapatías que consumieron estos filmes y sus imágenes recurrentes: jóvenes con chamarra de cuero y en motocicleta, jovencitas con un look de adultas y en minifaldas, amores inocentes, juventud reventada que se divertía al máximo comiendo un helado o asaltando las cafeterías”.

“Los lectores […] encontrarán una veta más para pensar el cine como una experiencia que siempre involucra una película, una personalidad, una situación social y un tiempo y estado de ánimo específico”.

Nos acompañarán para comentar el libro Patricia Torres San Martín y el maestro José David Calderón. ¡Los esperamos!

¿Quien es Alva Lai Shin?

Si desean conocer un poco más de la trayectoria de Alva, pueden seguir este link.

“Recuerdos de juventud”. Conservar la memoria social.


Conversación con Alva Lai Shin autora de Recuerdos de juventud y rock and roll. Rescate y difusión de la memoria fílmica femenina en Guadalajara durante la década de los sesenta.


1. Cuéntanos de tu libro. ¿Cómo nació la idea de escribirlo? ¿Qué encontrará el lector “Recuerdos…”? ¿Qué te dejó a ti?

Recuerdos de juventud y rock and roll tiene su origen en un trabajo de investigación académica que inicié mientras estudiaba Historia, en la Universidad de Guadalajara; sin embargo, para explicar la idea de escribirlo tendría que remontarme a mi infancia y al gusto compartido con mi mamá por las idas al cine, las películas, las actrices y actores.

Descubrí que cuando ella y otras tías recordaban pasajes de su juventud, irremediablemente hablaban de la ciudad, el barrio y sus cines. En particular, del cine mexicano de la década de los sesenta, aquél protagonizado por Enrique Guzmán, César Costa, Angélica María, Julissa, entre otros. Esa memoria femenina representa el eje de este libro, construyendo una imagen en contraste de la juventud fílmica y la juventud de carne y hueso de aquellos años.

El lector encontrará la representación mexicana en pantalla —y en los recuerdos de mujeres que fueron asiduas a este cine—, de los rebeldes sin causa, los chicos de cafetería, así como los roles y posibilidades de las jóvenes en estas narraciones fílmicas.

2. ¿Qué otras temáticas te atraen?
Sigo interesada en la historia del cine y las representaciones audiovisuales, en general; aunque actualmente me encuentro enfocada en el manejo y gestión de patrimonio documental y cultural.  Mis temas de interés están bastante entrelazados con la idea del rescate de memoria social.

3. ¿Desde tu punto de vista en un país como el nuestro, este tipo de proyectos qué función tienen?
La función es rescatar, conservar y difundir la memoria; es decir, la producción cultural que ha logrado llegar a nuestros días y sus múltiples reconstrucciones y significaciones en el tiempo.

4. ¿Cómo es trabajar con acervos?
Trabajar con un acervo documental significa tener contacto directo con un pasado remoto o reciente que, si no se topa con una guerra, una plaga de polillas, una lenta digitalización o un político avaricioso, seguramente nos trascenderá. Estoy segura de que todos los bibliotecarios, archivistas, libreros y coleccionistas tenemos un pensamiento romántico similar al entrar a una casa repleta de libros, abrir un cajón lleno de fotos o descubrir en un bazar una primera edición.

No podemos tener ni conservar todo, pero podemos contribuir con el rescate, permanencia y accesibilidad de lo que ha logrado llegar hasta aquí.

5.- ¿En qué proyectos estás involucrada actualmente?
Actualmente trabajo en un servicio de consultoría documental para bibliotecas y archivos públicos y privados, inserto en los proyectos de Industrias Creativas, de la Secretaría de Cultura de Jalisco.

6. ¿Se lee poco en México?
Definitivamente.

7.- ¿Qué libros te dejaron huella? ¿A quiénes consideras tus autores cómplices?
Mi autora más entrañable es Clarice Lispector. Como huella, creo que Bartleby, el escribiente de Herman Melville