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La literatura la vivo de la manera más egoísta del mundo


Conversación con Abril Posas,
autora de El triunfo de la memoria


1. ¿Qué es para Abril Posas la escritura? ¿Para qué escribes?
Cuando escribo me siento como un ingeniero, un arquitecto: estoy creando un mundo en el que las calles tienen la dirección que yo planeo, el sol se pone como lo imagino y vive la gente que yo quiero. No me siento como un dios, porque no lo veo como un teatro para mis marionetas; me gusta pensar que levanto una construcción para que alguien más lo habite o encuentre puertas para abrir otras posibilidades.

2. ¿Desde hace cuánto te dedicas a la escritura?
Desde hace mucho tiempo me dije que me dedicaría a escribir. La primera vez que lo dije en voz alta tenía una percepción muy romántica del oficio, y ahora hasta pena me da admitir lo que creía que sería mi vida en este momento. Pero sí diré que por eso estudié letras (error). La primera vez que lo sentí como algo real fue cuando firmé un contrato para una beca, pero pasaron años y en 2011 un amigo muy querido me dijo “¿Cuándo te vas a tomar esto en serio?” Ha sido un recorrido desde que estaba en la secundaria, pero que poco a poco se ha hecho más fuerte.

3. ¿Cuál es la “historia secreta”, si es que hay una, detrás de El triunfo de la memoria?
No hay ningún secreto, realmente. Hay extractos de mi vida, porque soy tramposa y es más sencillo tomar ciertos aspectos de mi propia memoria que, pienso, ayudan a una historia que tal vez no tiene mucho qué ver conmigo. Eso sí: no me aguanté y les hice homenaje a los personajes que más cerca tengo de mi tripa: mi madre, mi padre, The Smiths y aquel bar en donde me sentí en casa hasta en los días más tristes de mi segunda adolescencia. Todo lo demás es anécdota al servicio de una trama que me interesa más que el recuerdo mismo.

El triunfo de la memoria, #HistoriasSinSpoilers

4. En los cuentos de este libro encontramos cierta nostalgia dolorosa acompañada con dosis de cinismo, personajes con rabia contenida (a veces no tan contenida), pero que generan empatía, incluso ternura. ¿De alguna manera esto refleja tu visión del mundo?
He tenido que vivir con dos aspectos de mí misma, que me cuesta admitir que existen al mismo tiempo. Por un lado, no soporto a los que dicen que “si los lunes no te gustan, lo que está mal es tu vida” o “el éxito es de quienes se atreven a fracasar”. ¡Ugh! Pero al mismo tiempo, no le creo a los que dicen que extrañan ser infelices. Supongo que hay más de mí en este libro de lo que pensaba, porque claro que este mundo es más valle de lágrimas que escenario de TED Talk para levantarle el espíritu a alguien que, quizá, merece y quiere sufrir. Y también es el mundo en el que hay gatos: para mí es suficiente para intentar salvarlo.

5. ¿Eres de los autores que tienen planeada la estructura del libro de principio a fin, o de los que dejan que los personajes “vivan” y “decidan” cómo terminar su historia?
Alguna vez quise jugarle al vergas (¿a la vergas?), así que me senté, abrí un nuevo documento de procesador de textos en blanco y empecé a escribir sólo con el inicio de un argumento, quesque pa’ ver a dónde me llevaba. Fracasé miserablemente. Ahora pienso, tomo notas y, hasta que no sepa cómo va a terminar, no escribo el texto. Es cierto que una vez que encuentro el ritmo la historia da sus propios saltitos, me envía guiños que le permito conservar, pero al final sé dónde van a terminar todos, aunque intenten —y logren— dar giros espontáneos. No sé si madurar es dejar que la historia dicte su propio camino; quizá algún día aprenda a hacerlo de ese modo.

6. ¿Tienes alguna ceremonia o rutina para el momento de enfrentarte a la página en blanco?
Escribo mejor cuando estoy sola o logro aislarme de todo lo que está pasando. Debe haber audífonos (aunque no haya música), cigarrillos y, durante un tiempo, pensaba que una cerveza era importante. En realidad sólo necesito el aislamiento y el tabaco y, de ser posible, un gato que me vigile porque me da por perderme en páginas de Internet que ya no tienen qué ver con lo que estoy haciendo.


Escucha el soundtrack de El triunfo de la memoria


7. ¿Qué obras (literarias, musicales, cinematográficas) te han dejado huella? ¿Qué artistas consideras cómplices?

Yo soy de los idiotas que malinterpretaron las canciones de The Smiths y nos formamos sentimentalmente con ese hermoso error. Por eso me gustan tanto The National, PJ Harvey, Nick Cave, Tori Amos, The Cure y Radiohead son de los que no se me apartan jamás, y la Shirley Manson de 1995 la tengo quemada en el cerebro.

P.T. Anderson y Sophia Coppola (a pesar de ser tan, pero tan blanca), Charlie Kauffman, Seinfeld, los hermanos Nolan, Tarantino, Los Simpson (¿es triste que no hable de sus escritores ni directores, sino sólo de los personajes? No): he querido ser como ellos en distintas ocasiones y siempre me dan (bonito) en la madre. Mi nuevo héroe es Dennis Villeneuve. Luego están Cortázar, Fitzgerald, McCullers, Cheever, Hornby, Melville, Zweig, Stamm, Garro, y sé que olvido muchos otros, pero ellos siempre me saltan en la cabeza.

8. ¿A ti te ha salvado la literatura? ¿Te ha servido para algo?

La literatura es algo que vivo de la manera más egoísta del mundo. He dejado de comprar cosas para otros por tener un libro nuevo. He dicho más de una vez no a alguien para leer un libro. No he ido a reuniones para escribir un cuento. Ha sido muy fácil mentir con que estoy ocupada con tal de evitar la interacción humana y disfrutar unas páginas. Pero también me ha regalado conversaciones con amigos, coqueteos con gente que ya no topé de nuevo —y todo por no preguntar un nombre—; hizo puentes con personas que veo una vez al año con el mismo cariño con el que abrazo a los que viven conmigo. Me ha dado de comer y, con toda la sorpresa del mundo, le enciende los ojos al barbado-cuatro-ojos que más me gusta. ¿Pero que me haya servido para algo? Buena pregunta.

9. ¿Qué más hay en tu vida, además de la escritura, que te apasione?

Dibujar y dormir. Las series de televisión. Los gatos. Y dormir de nuevo. Pero antes de todo eso, me gusta escribir. Es la verdad.

 

Fotografía de la autora: Ana Lorena Méndez

 

Cecilia Magaña: Mash-ups, extraterrestres, fotografías, salchichas y pianolas

Siempre es complicado hacer listas de “Lo mejor del año”. Aunque todos sabemos que la selección es subjetiva, leemos y pensamos: “no, no es cierto, eso no fue lo mejor del 2016, para mí lo mejor fue…” Y bueno, ahí se nos acaba el teclado (sin nos ponemos en plan troll) o se nos va la vida (si el tema sale en alguna peda en la que todo mundo termina peleado).

Lo cierto es que para armar esta lista he pensado en esas obras que quizás ni siquiera son novedades pero sí me sirvieron este año para hacerme ver algo desde otro punto de vista y para hacerme preguntas. Así que aquí va mi lista, cuyo orden no va de menos a más y que abarca historias en diversos formatos (series, cine, literatura y música) y no está compuesta por diez, sino por trece historias porque es un número que me gusta y porque de verdad lo intenté, pero en lugar mientras más hacía memoria, la lista crecía y crecía.


West World

Esta serie de HBO logró hacer un mash-up de dos temas que parecían irreconciliables desde la terrible Cowboys and Aliens: el western y la ciencia ficción. Inspirada en el guión cinematográfico de Michael Crichton, Jonathan Nolan y Lisa Joy escribieron un guión que si algo despierta son, precisamente, preguntas: ¿cuál es nuestra verdadera naturaleza? ¿cuál es el camino a la consciencia? ¿qué papel juega la memoria en la construcción de nuestra identidad? Una lección sobre cómo contar historias redondas con vueltas de tuerca que no dependen de la sorpresa, sino de algo más cercano al asombro: ese que nos hace sentir chiquitos y que seguramente experimentaban los espectadores al salir de una buena tragedia de Shakespeare allá y entonces, cuando era novedad.

River

Una de esas maravillas de Netflix que en tan solo seis capítulos da clases sobre cómo hacer un policíaco. Otro mash-up con elementos de thriller psicológico y sobrenatural; donde nadie es lo que parece (como en las buenas novelas negras), y los peores fantasmas no son los de los muertos, sino esas verdades que no se dicen en voz alta. El buen Stellan Skarsgård me hizo reír y llorar con su actuación. Seis horas nalga muy bien invertidas.

Stranger things

Otra de Netflix que me recordó todo eso que me apasionaba de niña en el cine de Spielberg. Ocho horas que hacen una relectura de las historias que formaron a generaciones de creadores. Una prueba de que, si como escritores contemporáneos no terminamos de reconocer el intertexto, el juego con el material de otros y con la cultura popular, en medios audiovisuales (donde los derechos de autor son un tema que se trata con pinzas) ya lo tienen más resuelto o al menos no la hacen tanto de pedo.

La bruja

No, no es una película de terror aunque así trataron de venderla. Esta historia con una fotografía maravillosa y un guión basado en extractos de juicios reales a personas acusadas de brujería, sí me puso nerviosa pero no por lo que yo esperaba. Vivir deliciosamente y probar el sabor de la mantequilla se convirtieron, gracias a Black Phillip (la mejor interpretación del demonio que he visto hasta ahora) en una promesa cuyo precio es entregar el alma, la vida… como si la pobre protagonista, tuviera la posibilidad de decidir. El destino, el libre albedrío, la religión, todo se cuestiona en esta historia que es más una metáfora que una historia de horror. Al menos hasta que te enteras que los de la Sociedad de Satanistas de Norteamérica picharon buena parte de la peli.

Arrival

Una película de extraterrestres cuyo centro no son los extraterrestres, sino la vida como una decisión con todas sus consecuencias. Sí, tiene huecos argumentales. No, no es perfecta. Pero es mi lista y aquí está. El cuento en el que está inspirado, titulado “La Historia de tu Vida”, del libro homónimo de cuentos escrito por Ted Chiang tampoco tiene madre. Así que si no les gustó la peli (y una de las versiones más curiosas de cómo podría verse un extraterrestre), lean el cuento.

La fiesta de las salchichas

Porque también me gusta lo profano y quien la vio, entenderá. Crítica y políticamente incorrectísima. De verdad no me permitió volver a ver  la comida de la misma forma.

La langosta

No me gustó la primera vez que la vi en una de las muestras del Cineforo pero luego la volví a ver para una clase y terminó fascinándome. Descubrí (tonta de mí) que el director de verdad desea que el espectador viva la experiencia y tome una decisión sobre el desenlace. Situada en un mundo en el que la gente está obligada a vivir en pareja o convertirse en animal (para ver si como otra especie tiene mejor suerte), toca una serie de absurdos con un delicioso humor negro y el valor para ser cruda cuando se necesita. Cuestionadora independientemente del grupo al que uno pertenezca: al de los emparejados, los solitarios o los francamente animales.

Swiss Army Man

Traducida al español como “Un cadáver para sobrevivir”, toma toda una serie de tabúes como la escatología, el vouyerismo, la homosexualidad y la necrofilia para contar una historia de supervivencia (y ojo, que sobrevivir no es aquí conservar la vida, sino vivirla). Con un humor sucio y momentos sumamente mágicos, esta historia me invitó a pensar qué es lo que consideramos como normal, qué tanto hemos sacrificado de nosotros mismos por pertenecer, entre muchas otra cosas. Una historia valiente y conmovedora que me hizo sentir a ratos un poquito de asco (lo de la escatología no es broma: mi recomendación es comer antes o después de verla…y si son muy quisquillosos, mejor después).

El Zorro Ártico

Del autor islandés Sjón (que también es poeta y ha colaborado con Bjork, así que es uno de esos hipsters con mucho swag). Una novelita corta editada por Nórdica que, aunque está carísima, valió cada peso de los 380 que pagué. Inspirada en una leyenda regional, intercala dos historias: la de un hombre de fe, obsesionado por cazar a un zorro ártico; y la de un hombre de ciencia que se despide de una mujer excepcional, llamada Abba. Ambas historias se relacionarán hacia el final. Escrita en capítulos breves, como postales, el Zorro Ártico tiene tanta poesía como humor, tanta filosofía como magia, casi como si fuera uno de esos viejos clásicos que podrían terminar en un ladrillo, pero Sjón desarrolla en tan solo 126 páginas.

Aquí

Una novela gráfica de Richard McGuire en la que el espacio que habitamos es el protagonista: un departamento es visto a través del tiempo, desde el lugar en el que fue construido en la era de los dinosaurios, hasta hoy. Los tiempos, los habitantes, las palabras que en ese espacio se dijeron, se intercalan en un experimento visual que me hizo pensar en el lugar que habito hoy; en la memoria de los espacios.

La Noche de la Usina

De Eduardo Sacheri cambió por completo mi impresión de los Premios Alfaguara de novela. Al menos este no termina en una revolución latinoamericana con escenas sexys intercaladas con uno que otro fenómeno cercano al realismo mágico. No, señor. La novela es una de esas historias donde se organiza un gran robo, uno que parece imposible, pero no como lo harían los de Ocean’s Eleven, sino un grupo de viejos que habitan en un pueblo olvidado por el progreso, en plena devaluación. Una de esas aventuras al más puro estilo de las películas de los cincuenta. Sacheri, además, demuestra tener estilo y no solo buenas relaciones; toda una sorpresa.

El Hogar de Miss Peregrine para Niños Peculiares

De Ransom Riggs es un artefacto, más que un libro. Un juguete que combina la narrativa escrita y la visual. Lo que le hicieron Tim Burton y compañía es una mentada de madre. Pero si quieren conocer este mundo creado por un coleccionista de fotografías antiguas y raras, y jugar el juego de darles un sentido dentro de la historia de un adolescente que descubre un mundo nuevo, se enamora de la chica que amó a su abuelo y se enfrenta a momentos lo suficientemente oscuros como para ponerte nervioso, incluso como adulto, de verdad vale la pena.

Ramin Djawadi

El compositor de la mayoría de la música de GOT merece en mi lista una mención aparte por el score que hizo para West World. Beso las patas de los fundadores de Spotify y me declaro llena de agradecimiento porque han subido la música completa, que incluye las piezas originales de Djawadi (combinando lo épico de la cadencia western, el piano y los violines con arreglos electrónicos y ruiditos que remiten a la experiencia de los androides de la serie), además de esas adaptaciones al piano que los espectadores esperábamos descubrir cada episodio en la pianola del Bar Mariposa: Black Hole Sun, No Surprises, Back to black, House of the Rising Sun y dos rolas que se cuecen aparte (ya con toda la orquestación épica de los Spaghuetti Westerns); su adaptación de Paint it Black y Exit Music (For a Film). Un sountrack para imaginar nuevas historias este 2017 que ya está aquí, a la vuelta de la esquina. A ver qué nos cuenta.

No soy una autora cómoda

1. ¿Cuál es la rutina para escribir de Cecilia Magaña?
Mi rutina para escribir es, generalmente, de mañana: nada glamorosa, la verdad, porque no tengo ni que peinarme para trabajar. Le doy la medicina del corazón a Moira (la perra), me preparo un café y escucho lo que sería en “soundtrack” de lo que estoy escribiendo. No puedo escribir sin música, pero suelo escuchar lo mismo una y otra y otra vez. Empecé con esta rutina mañanera a partir de una conferencia de Martín Solares en la Feria Municipal del Libro, en la que habló de cómo sacó adelante una novela escribiendo de 5 a 7 de la mañana todos los días. Yo no soy tan disciplinada, pero estoy de acuerdo en que la primera hora de la mañana es la mejor para mí.

2. Platícanos de Todos los ruidos del mundo. ¿Cómo nació la idea de escribirlo? ¿Qué encontrará el lector en él? ¿Qué te dejó a ti?
Acababa de terminar una novela y me sentía vacía. Es algo que me sucede cuando termino un proyecto largo. Pensaba dedicarme un par de meses a leer, a ver series y recargar pilas, cuando surgió la oportunidad de dar un curso en línea sobre cómo escribir un libro de cuentos. Los alumnos que participaron eran particularmente entusiastas y me contagiaron. Comencé a hacer los ejercicios del curso con ellos. Una de las propuestas era partir de un tema que fuera lo suficientemente amplio para generar múltiples interpretaciones y premisas. No sé por qué, no recuerdo exactamente cómo, pero para mí surgió el tema de la voz.

Todos los ruidos del mundo nació como una colección en la que exploraría varias ideas en torno a la voz (como identidad, como sonido, como recuerdo, entre otras cosas) . Le dio cobijo a dos de mis primeros cuentos: “23 escalones” y “Bazar”. Ambos tenían ya, por lo menos, diez años de haberse escrito, no sé cuántas vueltas de corrección y corrección. Al reencontrarlos en un intento por limpiar la compu, volvieron a gustarme y resultó que cabían en la colección de manera muy natural. No solo dejaron de ser huerfanitos, sino que me recordaron lo que me gusta del cuento: la intención y la intensidad.

No sé qué encontrará el lector, espero que algo que Todos los ruidos del mundo lo inquiete (no puedo asegurar que guste). No soy una autora muy cómoda: me gusta que la gente lea entre líneas, escuche esa segunda voz que cuenta otra historia bajo la superficie. Según yo, es un: “llévese el múltiples cuentos con sólo leer uno”. Me gusta que el lector complete el desenlace (aunque mi mamá se queje constantemente de esta maña mía). Pero yo creo que el final del lector es mucho mejor que aquel que yo pueda proponer. También creo que hay finales que no funcionan igual dichos en voz alta.

Todos los ruidos del mundo me permitió encontrar mi voz en un momento en el que pensaba que acababa de quedarme sin ella y me permitió ser un conejillo de indias de mi propio curso. Creo que no me fue tan mal.


El soundtrack de Todos los ruidos del mundo
cuento por cuento

1. Génesis: One, de Aimee Mann (Magnolia soundtrack)
2. De Médiums y poetas: Do I Wanna Know?, de Arctic Monkeys
3. 23 Escalones: That look you give that guy, de Eels.
4. Un palo en la cabeza: Après Moi, de Regina Spektor.
5. ¿Se te olvidó algo?: Quisiera saber, de los Daniels.
6. Síndrome: Soap, de Melanie Martínez.
7. Bazar: Este fue escrito escuchando a Cortázar leyendo “Conducta en los velorios”… que fue medio trampa, jeje. Pero si soy muy honesta, ese es su soundtrack.
8. Mutis: Without me, de Eminem.
9. No es un secreto que te amo: Across the Universe, interpretada por Fionna Apple.
10. ¿Vamos a empezar otra vez?: Sunny Afternoon, de The Kinks


3. ¿En un país como el nuestro, a qué aspira un escritor?
A sobrevivir, primero. Y después, a crear ficción que sirva, al mismo tiempo, de salida de emergencia. La ficción es un refugio, es un micrófono para decir verdades, es un espacio para decirnos lo que no nos atrevemos a decir en voz alta al hacerlo a través de nuestros personajes. Uno no aspira a vivir de la literatura, ni a cambiar el mundo. Pero sí a vivir en la literatura, a habitar otros mundos donde tal vez no pasan cosas mejores, pero sí hay un sentido, al menos. No sé… yo quisiera vivir muchas vidas pero sólo tengo una. Escribir me permite jugar a tener muchas.

4. ¿Se lee poco en México?
No, se lee mucho, muchísimo creo yo, pero en las redes sociales. Y no siempre son chismes o bendiciones de la Señora Católica. También minificciones, artículos, ensayos o entrevistas como esta. Ficción y no ficción. Se lee, de veras, mucho. En cuanto al libro como tal (en versión impresa o electrónica) eso ya es otro boleto. Yo sí veo todavía a gente leyendo en el camión, en las cafeterías, en las bancas de la calle, en parte gracias al bendito boom de la Literatura Juvenil. Pero también ando por los mismo lugares donde hay otros lectores, así que no creo que esta impresión sea muy objetiva. La verdad es que la lectura no es el pasatiempo de todos y no tiene por qué serlo. Hay muchas formas de conocer historias, de entrar en contacto con nuevas ideas, y la lectura es una. Hay otras puertas. Y cada quién elige la suya. En México tal vez la puerta más elegida no sea la lectura, pero sí la cruzamos muchos.

5. ¿Novela o cuento?
Arghhh… novela. Maldita sea. Una vez que uno se acomoda en la novela y goza de la oportunidad de descubrir poco a poco la trama, de detenerse, de dejarse sorprender por los personajes en cada capítulo, volver a la disciplina del cuento y su rigor es muy difícil. Me gusta el cuento, es un reto. Pero los cuentos no se pueden habitar por más de unos días (un mes si la narración es muy exigente, quizá). La novela, en cambio, te hospeda por meses, a veces años. Y si uno lo que busca es vivir es muchas vidas… ¿qué mejor que rindan más?

5. ¿Qué libros han dejado huella? ¿A quienes consideras tus autores cómplices?
William Faulkner, en particular Absalón, Absalón y El ruido y la furia. El señor se daba el lujo de hacer personajes extraordinarios y jugar con la realidad, con nuestra idea de la verdad. El orden y la secuencia con la que enreda sus historias habla de alguien que se divertía muchísimo con cada proyecto de novela. El otro libro que me fascina es City, de Alessandro Baricco: uno más sobre la ficción dentro de la ficción, las historias que no sólo cuenta el autor sino los personajes a sí mismos, sobre el absurdo de la realidad y lo que guardan para cada quien las historias que —hasta en el baño— nos contamos. Una chulada de libro. Finalmente, Raymond Carver, cuentista por excelencia, es el que me inculcó ese pollito de no decir el final en voz alta. Si alguien tiene quejas (como mi mamá), puede ir directamente con este señor y reclamarle. Su forma de encontrar la verdadera naturaleza de los personajes en lo más cotidiano es maravillosa. Ya sé que él se lo aprendió a Chéjov pero Carver es otra cosa.

6. ¿Qué te da más satisfacciones escribir o dar talleres?
Arggghh otra vez… ¿Por qué hacen esas preguntas? Es difícil. En un buen día de escritura, me da más satisfacción escribir: todo parece tener sentido. Cuando voy a una charla o a una lectura y la gente responde a lo que escribí, se siente como que no fue tan loco perder tanto tiempo de la “vida real” sentada frente a una computadora inventando historias. O cuando participo en el taller en el que yo misma soy participante y mis compañeros se emocionan por algo que escribí. Pero dar talleres, para mi es también muy satisfactorio porque acompañar el proceso de otros me permite aprender cosas nuevas, además de que uno no se siente solo en este rollo: no soy la única escapista, hay muchos que se escapan y crean ficción como una forma de vida. No lo sé, supongo que el Alien también sentía muy bien contagiando a los demás. La diferencia, espero, entre el Alien y yo, es que no la van a pasar tan mal y no van a ser pequeños duplicados míos: lo que más tiene sentido en los talleres es que la gente encuentre su voz. Y bueno, escuchar cómo va surgiendo la voz de otros en los talleres también da mucha, mucha satisfacción.

8. Un consejo o anécdota con lo que quisieras cerrar esta serie de preguntas.
Todo sirve para hacer ficción, lo que sucede antes de subirse a la ruta, el sabor de la comida del día de ayer, la vez que te rompieron el corazón o lo rompiste tú a alguien y no sin querer. Los recuerdos, las fantasías, los temores, todos tienen voz. Si quieres escribir no necesitas haber nacido tocado por los dioses, sólo necesitas aprender a escuchar esa voz y descubrir los mejores trucos para traducirla en tu escritura. Escribir cuento, novela, ensayo, cualquier género es un oficio, igual que hacer zapatos. Los primeros quizá te lastimen, pero eso no significa que no puedas ser zapatero y hacerlo cada vez mejor. Lo mismo sucede con la escritura.

 

Soundtrack para leer “Tierra mojada” de Gabriel Martín

Soundtrack para escuchar “Voraz” de Néstor Robles

Soundtrack para escuchar “Las ocasiones perdidas” de Rodrigo González M.

Soundtrack para escuchar “Continuum” de Édgar Adrián Mora

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Abril Posas nos comparte el soundtrack para escuchar su Instantánea Estática. Un deleite musical, por cierto.

¿Ya leyeron “El empalme de los gnomos” de Miguel Lupián? ¿Aún no? Sea cual sea la respuesta les compartimos qué pueden escuchar mientras leen el libro, o bien, si nada más les da curiosidad conocer la música propone el autor como pista sonora de su obra, aquí el soundtrack.

De “Un yo más jóven” Tania Ochoa [@Robotania] escribió:

Es grato encontrarse con historias melancólicas y memorables que transmiten emociones con gran eco. ‘Un yo más joven’ merece habitar en los libreros al lado de las historias clásicas, es un paseo nostálgico por la vida de dos personas, de edades muy lejanas que comparten el amor, el conocimiento y la amistad, se identifican acompañándose en un momento único y solitario de sus vidas. La novela de Kolbe Santana es ya un clásico en mi colección personal que abrazo con cariño y emoción.

Si no has leído la novela de Kolbe Santana, te compartimos el Soundtrack para que te animes a leerla, y si ya la conoces o la estás leyendo que mejor que escuchar la siguiente lista:

Y si ya son fans, aquí pueden escuchar la entrevista que la misma Tania Ochoa realizó en su podcast a Kolbe Santana.

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